Robin Hood
Robin Hood Guy de Gisborne se colocó la armadura mientras Herberto disponía lo ordenado por su señor; una hora antes de ponerse el sol, la tropa partía de Fosse Grange en dirección a las codiciadas tierras de Locksley.
Fue dificultosa la marcha de esos hombres con sus pesados atavíos de guerra, a través de pantanos formados por la nieve, que el viento de una tarde gris y sombría iba derritiendo ante su paso.

Una escena muy distinta se presentaba en el interior de la cabaña de Robin Hood. En un rincón, junto al fuego, el hijo de Sibald se había quedado dormido, después de una comida que igual no había hecho desde hacia mucho tiempo; su padre, en iguales condiciones de satisfacción física y tranquila el alma, velaba el sueño del niño. A la puerta de la cabaña estaba su dueño, Robin Hood, que miraba hacia afuera.
—¡Esto es el final del invierno, gracias a Dios! —dijo observando el cielo y aspirando fuertemente el aire. Pensaba que dentro de pocos días, si la calma duraba, llegaría el momento de poder sembrar la cebada… En eso vio a un grupo de jinetes que, sin seguir las huellas que llevaban hasta la casa, cortaba a campo traviesa, pisoteando los sembradíos tempraneros.
—¿Por qué harán eso los perros normandos? —Se preguntó Robin—. ¿Querrán solamente darse el gusto de echarme a perder el trigo nuevo…?