Robin Hood
Robin Hood —Pero, caballero —interrumpió el «pequeño» John—, ¿dónde habéis estado que no conocéis a Robin Hood?
—Pasé estos últimos cuatro años de mi vida fuera del mundo… —dijo tristemente el caballero—, tanto es asà que ni siquiera sé si mi única hija, todo lo que me quedaba en la tierra, estará viva o muerta…
—Contadnos toda vuestra desgracia —lo invitó Robin—, que si algo podemos hacer por vos os ayudaremos.
—La historia de mi desgracia comienza con la muerte de mi adorada mujer, a raÃz de lo cual decidà irme junto al rey Ricardo a luchar por el rescate del Santo Sepulcro y por la fe de Cristo. Al partir, dejé bajo la tutela del padre Hugo de Rainault, abad de Santa MarÃa, a mi hija Mariana, con el propósito de que la hiciera vivir en compañÃa de las monjas de Kirkless. Como para ir a reunirme a las huestes del rey Ricardo necesitaba fletar un barco para conducir a los hombres que me acompañarÃan, pedà dinero prestado al mismo padre Hugo. Tratamos un interés de cincuenta monedas de oro que yo deberÃa abonarle todos los años, por las quinientas que me dio por un plazo de cuatro años, y dándole en garantÃa mi más grande castillo y mis mejores tierras…
—Veo claramente la mano del padre Hugo en el asunto —interrumpió Robin.