Robin Hood
Robin Hood —Pues todo está bien claro. No atreviéndose a daros muerte, os ha tenido prisionero hasta que expirara el término del convenio para apoderarse de lo que representaba la garantÃa; al mismo tiempo, os ha hecho creer que erais cautivo de Rogelio el Cruel, porque habÃa hecho el proyecto de casar a vuestra hija Mariana con Isambart de Bellame… Pero aún faltan siete semanas para el dÃa de San Miguel, y ése es mucho tiempo para nosotros, mi buen sir Richard…
—Pero de cualquier modo, para rescatar mi garantÃa deberé pagarle la suma que me prestó, más los intereses, de los que, debido a mi cautiverio, no pude pagarle nunca, de modo que todo hace un total de setecientas monedas de oro que no tengo cómo conseguir…
—Tranquilizaos, que yo podré dar esa pequeña suma…
—¡Cómo! —exclamó Richard—. ¡Sólo un rey podrÃa llamar pequeña a esa cantidad de dinero!
—Rey soy en Sherwood, y tengo, además, un ligero parentesco con vos, como veréis…
Dijo esto Robin cuando vio que Mariana corrÃa hacia ellos con alborozo, echándose en los brazos abiertos de su marido, que la retuvo largo rato en su encierro besándola con tierna solicitud.
—¡No he hecho ni he podido hacer otra cosa que rogar por ti y los muchachos desde que os fuisteis…! Y, por lo visto, Dios me ha ayudado…