Robin Hood
Robin Hood —¿Atacarlo? ¡No sólo lo atacaré, sino que no dejaré de él nada en pie! ¡Asà la gente honesta andará con más libertad por los caminos y las mujeres ya no vivirán atemorizadas por la suerte de sus hombres ni por ellas mismas!
—Mira, mira, mi buen Robin —dijo el «pequeño» John en un sollozo y señalando con el Ãndice hacia cierta parte de las murallas del castillo—, ¡ya no podremos ayudar a aquellos cinco!
Todos miraron hacia donde señalaba John, y vieron que de cinco armazones inconfundibles colgaban cinco siluetas blancas, inmóviles y siniestras, que reconocieron sin vacilar…
Robin contempló en silencio durante largo rato los cadáveres de sus cinco desdichados compañeros y tomando después su espada la besó en la cruz y dijo, mirándola fijamente:
—¡Por la Virgen, juro solemnemente que no descansaré hasta no dejar sin vida a ese malvado de Isambart de Bellame…!
—Conviene que esperemos a que lleguen el fraile Tuck y los demás, porque siempre seremos pocos para atacar Evil Hold —opinó el «pequeño John».