Robin Hood
Robin Hood El Caballero Negro se quitó para comer sólo la babera y se levantó un poco la ventalla de su armadura, por lo que nuestros amigos no pudieron satisfacer su natural curiosidad de verle la cara.
—Yo conozco muy bien a sir Richard, y estuve presente el día en que lo condecoró el rey Enrique. Pero ¿qué tenéis que ver vos con lo que le ocurra a él?
—Su hija Mariana es mi esposa e Isambart de Bellame la raptó ayer violando mi hogar, prendió fuego a mi casa y colgó a cinco de mis hombres. Y ahora que lo sabéis todo debéis elegir entre ayudarnos a atacar el castillo o iros sin terminar de comer de nuestro pan y de beber nuestra agua. Por vuestro acento veo que sois normando, pero normando es también el padre de Mariana y es un hombre decente; y no tengo por qué creer que sois los únicos…
—Sin duda he de ayudaros —exclamó el caballero— en lo que pueda mi ingenio y alcance mi brazo. Hora es ya de que a estos barones se les comience a tirar un poco de la rienda y se les dé una lección. Pero ¿cómo pensáis atacar con tan poca gente una fortaleza semejante?
—En verdad, querido Robin, es cosa difícil —dijo el «pequeño» John—. ¿Qué te parece si nos ponemos a picar la muralla con las uñas?
—¿Cómo os ha llamado este hombre? —preguntó con precipitación el caballero.