Robin Hood
Robin Hood La sorpresa que la gente de Bellame experimentó al hallar copado el patio exterior del castillo por una fuerza que lo arrollaba todo, desconcertó en tal forma a sus jefes que no acertaron a organizar la defensa. Fue inútil que Isambart echara mano a toda su elocuencia guerrera, pues nadie se movió.
En ese momento llegaba Robin con los que junto a él se hallaban en el interior de la casa. El fraile Tuck se adelantó a trabarse en lucha singular con Isambart con el objeto de que no lo hiciera Robin; pero el Caballero Negro, con aquella voz de mando que no admitía réplica ni dilación y que tan oportunamente se había hecho oír hada unos instantes, gritó:
—¡Quietos todos; ese hombre me pertenece!
Al oír esa voz, el fraile Tuck, Isambart y hasta Robin quedaron en suspenso. Y adelantándose el Caballero Negro hacia el señor del castillo, le dijo:
—¡Defiéndete, malandrín!
Y cuando Bellame levantó su espada de mandoble para descargarla sobre el desconocido, el hacha de mano de éste, más manuable y mejor manejada, cayó sobre el almete de la armadura de Isambart con violencia tal, que se le hundió en el cráneo, cayendo el malvado para no levantarse más…