Robin Hood
Robin Hood Un grito se oyó en ese momento, que venía de las inmediaciones de la puerta. Era un grupo de hombres de los del castillo que había reaccionado y pretendía luchar.
Robin y algunos de los muchachos corrieron hacia ellos y, generalizada la batalla, poco tiempo duró: los que no sucumbieron se entregaron a la merced del vencedor y todo el orgulloso castillo de Bellame quedó en poder de Robin Hood y su banda.
El rey de Sherwood, al sentirse dueño absoluto del campo, buscó a su eficaz y ocasional aliado de la armadura negra, pero éste había desaparecido…
—Se fue, Robin —le informó Tuck—. Lo vi cruzar el puente y creí que volvería, pero alcancé a ver cómo espoleaba su caballo y se perdía en lontananza a galope tendido sin echar una mirada hacia atrás y sin hacer una seña de despedida.
—Deberíamos haberlo reconocido —dijo Robin—. Sólo él puede tener esa personalidad con la que casi nos domina a todos, y cómo dominó la situación cada vez que la oportunidad lo puso frente a ella. Si alguien lo vuelve a ver, que se arrodille ante él y le agradezca de mi parte lo que ha hecho por nosotros. ¡Es el rey Ricardo!
Un silencio de estupor acogió este anuncio de Robin, hasta que el fraile Tuck cortó el embeleso, diciendo: