Robin Hood
Robin Hood Abría la marcha Gisborne con nueve hombres; detrás seguía el abad, a caballo, con seis hombres que conducían las bien cargadas mulas; en seguida los tres frailes menores; cerrando la caravana diez hombres de armas. Al llegar a los lindes del bosque, un mercader les pidió que le permitiesen internarse bajo su protección por esos peligrosos caminos. Sin oposición del abad, el hombre fue a engrosar la comitiva.
Tranquilos marchaban bajo la vigilancia y protección de Gisborne, cuando al llegar a un claro Robin Hood cayó sobre ellos. Fue tan rápida la acción, que terminó al comenzar. La superioridad numérica de las huestes de Robin y el ataque por sorpresa anuló todas las posibilidades de defensa de la gente de Gisborne.
—¡Querido abad de Santa María! —dijo Robin burlonamente a modo de saludo—. Bajaos del caballo, que tengo muchas ganas de conversar con vos y deseo hacerlo a gusto.
Pálido de ira, el padre Hugo no tuvo más remedio que obedecer. Mientras, algunos de los muchachos se dedicaban a la grata tarea de revisar la carga de las mulas.
Cuando el indigno ministro del Señor estuvo de pie. Robin le dijo: