Robin Hood
Robin Hood —Hace poco menos de una semana, para el dÃa de San Miguel, he mandado a la abadÃa setecientas monedas de oro y jurarÃa que tenéis la suerte de conservarlas aún —dijo mirando significativamente las talegas que colgaban de los flancos de las mulas.
—¡Robo, y encima ultraje! —gritó airado el abad—. ¡Maldito ladrón!
—SÃ, robo y ultraje; pero escuchad, digno abad de Santa MarÃa, hace una semana que rescaté de las manos de vuestro cómplice a Mariana, mi legÃtima esposa, la hija de Richard at Lea, a la que ibais a hacer vÃctima de un despojo inicuo. Cuando la hallé, estaba atada delante de un pergamino, en el que debÃa firmar la cesión de sus tierras en favor de Isambart de…
—¡Yo no sé nada de eso, bandido! —gritó, furioso, el enérgico sacerdote.
—¿Qué no sabéis nada? ¿Y qué pasa si os digo que esa escritura de cesión no estaba hecha por ninguna persona del castillo? ¿Y qué dirÃais si os afirmo que el redactor es un amanuense de vuestra AbadÃa?
—¡Eso es falso! —gritó Hugo con más rabia que energÃa.
—Querido Tuck —pidió Robin—, ¿quieres traerme a ese hombre?
El fraile se metió entre los árboles y volvió trayendo de las orejas a un pobre cura medio muerto de miedo.