Robin Hood
Robin Hood —¿No reconocéis, padre Hugo, a vuestro escriba? ¿No sabÃais que es aficionado a la pesca y que esta mañana Dios me envió en este pescador el testigo que me hacÃa falta? ¿Qué decidÃs? ¿Confesaréis vos o lo haré hablar a él?
—¡Yo ordené esa escritura! —confesó el abad, a quien no convenÃa que nadie más que él hablara del asunto para no decir más que lo necesario.
—¡Muy bien! Está también la cuestión de esas setecientas monedas de oro enviadas por mà a la AbadÃa en nombre de sir Richard at Lea, el cautiverio de éste en las mazmorras de Bellame durante cuatro años…
—¡Yo no tengo nada que ver con todo eso!
—Tuck, hermano, trae de nuevo el pescador…
—¡No! —interrumpió Hugo—. Dejadlo tranquilo; también soy el autor de esa maquinación contra sir Richard, en complicidad con Isambart.
—Perfectamente; y con esas setecientas monedas de oro compraréis bien barata vuestra libertad…
—¡Ladrón, asesino! —No cabe duda de que el abad era hombre de coraje sobrado.
—También hay que tener en cuenta a las viudas y los huérfanos de los hombres que murieron por ayudarme a rescatar a la hija de sir Richard. No puedo dejar a esa gente en la miseria, y es justo que vos paguéis los platos rotos, de modo que distribuiréis entre ellos unas cien más de vuestras relucientes monedas de oro…