Robin Hood

Robin Hood

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—¡Ladrón, ladrón! ¡Algún día he de ver tu pescuezo envuelto en un elegante lazo de cuerda!

—No, hasta no haber pagado vos vuestros numerosos y deleznables pecados… Tuck, ¿quieres ver qué hay de interesante en lo que llevan las mulas?

Dirigidos por el «pequeño John», la tarea de revisar el equipaje del abad ya estaba hecha a conciencia y con entusiasmo por los más divertidos muchachos. Todo había sido desparramado por tierra: bolsas conteniendo monedas de oro y de plata, las piezas de una riquísima vajilla de los mismos metales, varios rollos de documentos, fardos de telas de excelente calidad y un sinfín de objetos de valor formaban un montón informe de cosas, por el que un mercader hubiera pagado una pequeña fortuna.

—Para un humilde sacerdote, ya es bastante lo que lleváis… Muchachos, de todo eso retirad ciento quince monedas de oro para indemnizar a las familias de nuestros muertos y el resto volvedlo a cargar sobre las mulas. Separad también la mejor pieza de tela de seda para los trajes de invierno de la reina de Sherwood…

Mientras los muchachos volvían las cosas a su lugar, Robin se volvió al padre Hugo y le dijo:

—Ahora el fraile Tuck nos cantará una de sus alegres canciones y vos la bailaréis. ¡Comienza. Tuck!

El tono no admitía réplica y el sacerdote rogó:


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