Robin Hood

Robin Hood

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—¡Sufro de reumatismo! ¡No puedo bailar! ¡Ten compasión; esto es un escarnio para la Iglesia de Cristo!

Pero no había nada que hacer: Robin jugaba con una varita de fresno, moviéndola delante de los ojos de Hugo con un gesto muy significativo… Cuando Tuck cantó, el «respetable» abad no tuvo más remedio que levantarse la sotana y mostrando las piernas desnudas, hacer el títere para aquellos forajidos que se divertían a sus expensas como locos…

Pues lo hacéis muy bien, padre —lo felicitó Robin muy seriamente—, y ese ejercicio es remedio excelente para vuestro reumatismo. Ahora, tomad vuestras cosas y continuad vuestro camino y olvidaos de extorsionar niñas indefensas, de despojar a los humildes siervos de la Abadía y de meter en el calabozo a vuestros deudores, pues de otro modo la próxima vez os tratare con más rudeza.

La comitiva del abad continuó su camino, quedándose en el sitio el mercader que le había pedido protección al entrar en la selva y que había sido mudo testigo de la cómica escena que se acababa de desarrollar.

—Robin —le llamó la atención el «pequeño John»—, ¿qué haces con él?

—¿Cuánto dinero lleva?

—Cuarenta monedas de oro, si es cierto lo que nos ha dicho, y una rica cota de malla —informó John.


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