Robin Hood
Robin Hood —Comprobadlo.
Lo revisaron, verificando que el hombre no tenÃa encima ni un cobre más ni un cobre metros de lo que habÃa dicho.
—Bien; dadle veinte monedas más por haberse visto obligado a soportar la compañÃa de un ladrón como el padre Hugo, y que se vaya.
Al ayudarlo a echarse al hombro la pesada bolsa que llevaba con sus mercancÃas y provisiones para el viaje, el «pequeño John» le aplicó, a modo de saludo, un lindo puntapié en el sitio en que la costumbre ha destinado para ello… Mas al mercader maldita la gracia que le hizo la cosa, pues dándose vuelta con extraordinaria rapidez dio al gigante un puñetazo tal que lo tiró redondo al suelo.
John se levantó furioso, e iba a abalanzarse sobre el irascible mercader, cuando Robin lo detuvo con un grito:
—¡Alto ahÃ, John, que tú tienes la culpa! ¿Quién empezó?
—¡Pues no tiene poca fuerza el mercader! —comentó asombrado el fraile Tuck—. Oye, valiente, ¿quieres hacer conmigo una pelea a puñetazos?
—No tengo inconveniente, si me enseñas el juego…