Robin Hood

Robin Hood

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—Es sencillo: tú te pones frente a mi; yo te doy un golpe como el que le diste a esa «criaturita»; si te quedas en pie, me pegas tú; luego yo a ti de nuevo y así hasta que uno tire al suelo al otro; ése gana.

—¡Listo! —aceptó el hombre y ya dispuesto a comenzar.

Dio primero el fraile al mercader tal golpe que podría haber derribado a un toro, pero el hombre no movió ni la cabeza.

—¡San Pedro! —dijo el fraile—. ¡Este hombre debe ser de hierro! Ahora golpea tú.

Pegó el mercader y el fraile dio con su humanidad en el suelo, como un fardo, ante el estupor de todos.

—Ahora es mi turno, mercader —dijo Robin copando la banca y ligeramente amoscado al ver cómo había sido vencido uno de sus puntos más fuertes. Tiró con toda su alma y apenas si consiguió mover de su sitio a su contrincante, lo que llevó al colmo el asombro de los muchachos, pues entre ellos no había quien se aguantase a pie firme un golpe de Robin.

—Ahora yo —dijo el mercader.

Nadie podría explicar cómo fue tal cosa. Sólo se vio el puño del hombre aquel en el aire y, casi sin transición, el cuerpo de Robin que caía de rodillas delante de él. En esa postura permaneció el arquero y, dirigiéndose al poderoso pugilista, le dijo en un inesperado tono de respeto:


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