Robin Hood

Robin Hood

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Pero el odio de Hugo de Rainault contra Robin se iba concentrando a medida que pasaban los años. No podía olvidar la continua derrota en que lo había tenido el audaz arquero, el fracaso de sus planes venales respecto a la fortuna de Richard at Lea y la muerte de su hermano Roberto, el sheriff.

Pasaron más años todavía; murió el rey Juan y ascendió al trono su hijo primogénito Enrique, que sólo tenía a la sazón nueve o diez años de edad; el padre Hugo era ya un viejo y los barones casi habían desistido de suprimir la banda de Robin, que, por otra parte, les daba entonces muy poco que hacer.

Un día anunciaron al abad de Santa María que un hombre quería verlo. El abad lo hizo entrar, y se presentó ante su vista un individuo pobremente vestido y sin armas, llevando un atado sobre sus espaldas.

Apenas estuvo el hombre frente al padre, éste dijo:

—¡Esa cara! ¡Pero si es Rogelio de Gran!

—El mismo, padre; el mismo que una vez fue un caballero y que desde que ese bandido de Robin Hood quemó el castillo de Bellame quedó reducido a vivir en los caminos… y hacer el vendedor ambulante en las ciudades.

—Y yo no puedo hacer nada por vos ahora, porque ese mismo truhán me ha dejado reducido a la nada.


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