Robin Hood

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—Pero si vuestro odio por él se mantiene vivo, yo sí os puedo ayudar, por lo menos a vengaros. Decidme, si consigo llevar a vuestros hombres hasta su escondrijo y una vez allí destruirlo, ¿cuál será mi recompensa?

—¿Podréis hacerlo?

Rogelio asintió con la cabeza y repitió:

—¿Cuál será mi recompensa?

—Si toda la banda queda destruida —contestó Hugo pausadamente—, os podría dar la mitad de las riquezas que ellos deben tener acumuladas, más quinientas monedas de oro, lo suficiente para convertiros en el hombre más rico de todo el condado de Nottingham.

Rogelio mostró su conformidad y dijo:

—Todavía no conozco el camino a la madriguera, pero sé cómo he de encontrarlo; me basta pasar una vez por una senda para no olvidarla jamás.

—Pero ¿cómo llegaréis hasta ahí?

—Os diré mi plan. Oíd.

Y ambos hablaron durante largo rato. El abad ordenó que les sirvieran de comer y casi fue un festín lo que ofreció al andrajoso visitante, hasta el punto de que sus familiares, los sirvientes y los curas de la Abadía se hacían lenguas de la circunstancia de que señor tan orgulloso como el padre Hugo sentara a su mesa a un vendedor de baratijas.


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