Robin Hood
Robin Hood —Bueno; que se quede, ya que está aquà —rezongó el pequeño—, pero tú responderás de su conducta…
Lo que Guillermo no le contó al «pequeño John» era que el tal vendedor de fruslerÃas le habÃa dado cinco monedas de oro para que hiciera ese juego.
El mercader desplegó toda su artillerÃa de baratijas y comenzó el regateo de las mujeres, transformando el valle en una feria. Llegó a oÃdos de Mariana, la gentil reina de Sherwood, la baratura de las prendas que el hombre traÃa y quiso también ella, ver la maravilla. Comprar por nada, uno de los deportes más femeninos de todas las edades y todos los paÃses, no podÃa perdonar ni a ella, tan medida, tan circunspecta siempre…
Pero cuando Mariana salió de su choza para ir a ver al mercader, ya estaba éste pronto para marcharse. De cualquier modo, le dijo:
—Buen hombre, ¿podrÃa yo ver las cosas lindas que me han contado que llevas?
El hombre levantó la cabeza y ella reconoció al instante las duras facciones de Rogelio el Cruel, al que habÃa visto bien durante su cautiverio en Evil Hold, el tétrico castillo de Isambart de Bellame.