Robin Hood
Robin Hood La niña giró en redondo al reconocer esos ojos crueles y dio un grito para llamar la atención de los muchachos. Pero Rogelio se le echó encima y su diestra y filosa daga transformó ese grito en un débil y ahogado gemido de dolor…
Robin reconoció al punto la voz de su mujer, y como un gamo llegó al sitio en que se hallaba, al tiempo que otros compañeros también corrían. Se percató rápidamente de lo que había pasado, y tomando un arco y una flecha que vio tirada por tierra, dejó clavado en un árbol, como a una mariposa, al asesino que trataba de ponerse a salvo disparando por entre las sombras del bosque.
En seguida levantó del suelo a Mariana y dijo a los muchachos con trágico acento:
—Traedme aquí a ese hombre…
Con Mariana en brazos se dirigió a su choza. Ya había visto que la herida era demasiado profunda para intentar nada por salvar a la pobre santa, que con tanto valor y buena voluntad había compartido su vida aventurera, sin quejarse jamás ni expresar el asomo de un deseo de cambiarla por las suntuosidades del castillo de su padre.
Mariana se sentía morir. Miró a su marido y le sonrió con esa dulce sonrisa que sólo los moribundos tienen.