Robin Hood

Robin Hood

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—Esto, amado mío, es nuestro adiós —dijo débilmente—; dentro de poco me habré ido… Pero antes quiero decirte cuánto te agradezco los años de felicidad que me has proporcionado…

Robin inclinó la cabeza y le dio un beso…

—Amor mío —le dijo con la voz entrecortada por los sollozos que le eran difícil contener—, yo esperaba todavía muchos años felices a tu lado; en cambio, ahora, mi vida ya no tendrá razón de ser por el tiempo que me resta para ir a reunirme contigo.

—Te queda tu Sherwood. ¡Nuestro querido Sherwood…! Y ahora llama al buen Tuck, para que me ponga a bien con Dios y me administre los últimos sacramentos… ¡No, tú no te vayas…! Quiero morir en tus brazos…

Cumplida la dolorosa misión de prepararla para entregar su alma a Dios, el fraile Tuck los dejó solos… Nadie más que Robin se hallaba a su lado en el momento de exhalar el último suspiro. Cuando Robin pudo hablar de ese momento, sólo les dijo al «pequeño John» y al fraile, que Mariana había muerto diciendo que así era precisamente como había querido morir: en sus brazos, al caer la noche, en el corazón de ese bosque que había sido el escenario de su felicidad…

Ya anochecido, Robin quiso que le llevaran a Rogelio el Cruel y a Guillermo el Mercachifle. Mientras le traían a Gran, el segundo se le echó a los pies, lloriqueando.


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