Robin Hood

Robin Hood

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Y añorando, al recuerdo de las hazañas en que juntos se habían jugado la vida, aquellos tiempos que se fueron, caminaban hacia el norte, hacia la frontera de Yoskshire. Pero cada día de camino era un paso atrás en la resistencia al dolor del arquero de la voluntad de hierro; y cuando llegaron al convento de Kirkless, de donde Mariana hacia sido sacada en ausencia de su padre por la avaricia del abad, debió pedir a las monjas que le dieran asilo, porque se encontraba ya en el límite de sus fuerzas para continuar el camino. La abadesa de Kirkless, hermana de la madre de Robin les dio albergue y el «pequeño John» custodiaba permanentemente en la puerta de la celda que le asignaron, temiendo una traición.

Dos veces lo sangró la propia abadesa, pero el pobre Robin, deshecho el organismo y todas las posibilidades de reacción por la honda pena de haber perdido a Mariana, no mejoraba.

En ese tiempo, el padre Hugo de Rainault se enteró de que Robin se hallaba en el convento de Kirkless y escribió una larga carta a la abadesa…

El día que Isabel, que así se llamaba esa mujer, recibió la carta, se acercó al lecho del enfermo y le dijo:

—Sobrino, tendré que hacerte una nueva sangría si te quieres curar.

—Haced lo que os parezca, madre —dijo Robin con voz apagada.


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