Robin Hood
Robin Hood El sacerdote Hugo de Rainault era gordo y corpulento; siempre hablaba con vehemencia en un francés muy rico en palabras del dialecto normando, aunque cuando quería se expresaba perfectamente en sajón; el otro personaje, nuevo para nosotros, Isambart de Bellame, era delgado, alto, extremadamente feo y con una enorme nariz de pico de halcón, que salía desafiante de entre un par de ojos muy crueles. El tercer componente del triste triunvirato, Guy de Gisborne, ya conocido desde el principio de esta historia, era un tipo de alta talla y regular corpulencia, armoniosa arquitectura y empaque de guerrero.
En el momento que narramos, tiene la palabra el padre Hugo, y como si estos asuntos no estuvieran ya en boca de todos, contaba a sus asociados las fechorías que por los caminos andaba cometiendo el bribón que se hacía llamar Robin Hood, añadiéndole algunas de su cosecha para hacer más temible al personaje, y las que la fantasía popular —ya en funciones— había creado.
—Es lo que pasa siempre —decía el sacerdote—; no se le persigue hasta dar con él a un esclavo que se fuga; se interna en los bosques, se une a otros proscritos, se dan un jefe y terminan formando una banda de malhechores contra la que es difícil luchar… Bien, ya tengo al servicio de la Abadía unos cuantos hombres de armas…