Robin Hood
Robin Hood —Cinco o seis menos de los que tenÃais antes de que Guy tratara de apoderarse de ese maldito Robin de Locksley —interrumpió con cierto aire de sorna el barón Isambart.
SÃ, es verdad —convino el abad—, y veis que son bien pocos. Ahora bien, Guy conoce el sitio donde es probable, casi seguro, que ese bandido haya establecido su refugio en la selva de Sherwood, de modo que con unos treinta hombre bien armados que vos me deis, agregados a los mÃos, le será fácil cercarlo y apoderarse de él o destruirlo, antes de que se torne demasiado peligroso para nosotros.
—¿Y qué beneficio obtendré yo por esos treinta hombres que me pedÃs? —preguntó Isambart.
—El honor de haber prestado un servicio a la Santa Iglesia cuando necesita ayuda.
Isambart sonrió socarronamente y dijo:
—Una recompensa bastante pobre, por cierto… No, os voy a proponer una transacción: desde que murió mi pobre esposa me hallo muy solo en mi castillo de Bellame y necesito una mujer que lo anime y me acompañe; yo os daré esos treinta hombres que Gisborne necesita, a cambio de que me cedáis en matrimonio a vuestra pupila Mariana, que se halla viviendo bajo la protección de las monjas de Kirkless.
—¡Oh, oh! —exclamó el padre Hugo—. ¡Eso es mucho pedir…!