Robin Hood
Robin Hood —SÃ, quizá sea mucho pedir; y ya sé que la habÃais destinado a ser monja, con lo que añadirÃais sus grandes extensiones de tierras a las vuestras. SÃ, ya sé que la recompensa es grande, pero Mariana es una hermosa niña que vendrÃa de perlas como reina y señora en mi castillo. Y sé también que a pesar de que sois dueño de hacer lo que os plazca, no debéis olvidaros de que, pasando el tiempo, aumenta el peligro que corréis de aparecer una mañana colgado de un almena de la AbadÃa en llamas…
—¡Acepto! —concedió el enérgico y decidido sacerdote.
—Pues obráis cuerdamente y para puntualizar este convenio diremos que queda estipulado asÃ: yo os daré treinta de mis mejores hombres bien armados, a los que vos enviaréis bajo el mando de Guy de Gisborne aquà presente y testigo, en busca de Robin Hood y su banda; a cambio de ello, vos me daréis por esposa a vuestra pupila Mariana, dé caza o no Gisborne al bandido, y a la cual me enviaréis a Bellame, escoltada por el propio Gisborne, cuando yo tenga todo listo para la boda. ¿Entendido?
—Asà es, y trato hecho —afirmó solemnemente Hugo de Rainault.
Esta conversación se desarrollaba el mismo dÃa en que Robin se dedicaba a vender loza en el mercado de Nottingham…