Robin Hood

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Ya completamente cerrada la noche, y profundamente dormidos, comenzaron a oírse unos profundos gemidos que llegaban desde varias partes de la selva, que sobrecogieron de terror a los que montaban guardia y despertaron sobresaltados a los que dormían.

—¡Ahí están los duendes! —susurraban como electrizados—. ¡Ahora estamos perdidos!

—Mi abuela dice —explicaba uno— que en este lugar vive el dragón del «Lago Negro», y que se come a un hombre con la misma facilidad con que una golondrina se traga a un mosquito.

A los gemidos siguieron fuertes alaridos de terror, que terminaron en una carcajada diabólica que produjo una crisis nerviosa en la mayoría de los despavoridos soldados del normando. Muchos de ellos se arrodillaron y comenzaron a decir oraciones desesperadamente en alta voz. Aquello parecía el rezo del rosario a la hora de vísperas.

—Prometo donar dos altos candelabros para el altar de San Huberto si salgo vivo de ésta —decía uno de los más timoratos.

—¡Cierra el pico idiota! —le gritó Guy—. ¡Son esos malditos que continúan riéndose de nosotros a causa de vuestra cobardía!


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