Sir Gawain y el caballero verde

Sir Gawain y el caballero verde

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34.

Se quedó detenido el caballero, montado en su corcel, junto al borde del doble foso profundo que cercaba la fortaleza. La muralla, que se sumergía en las aguas oscuras y se elevaba a una altura prodigiosa, estaba hecha de piedra labrada hasta la alta cornisa, fortificada con almenas del mejor estilo, y jalonada con bellas torres sobresalientes, provistas de múltiples aspilleras desde las que se dominaba una amplia perspectiva. Jamás caballero alguno había contemplado barbacana mejor construida. Y en su interior vio alzarse la espléndida torre del homenaje, coronada de torreones, todos almenados, con preciosos pináculos a lo largo de sus tramos y coronamientos hábilmente labrados. Vio también multitud de chimeneas blancas como la creta, en lo alto de las torres, que centelleaban de blancura, y numerosos pináculos sembrados por todas partes, agrupados con tal profusión, que más parecían adorno de papel. Montado en su Gringolet, el noble caballero meditó largo rato si habría algún medio de entrar en aquel recinto, y recogerse en él y solazarse, en tanto durase el sagrado día. Llamó entonces, y apareció en lo alto un centinela, quien saludó cortésmente, dio la bienvenida al errante caballero, y prestó oídos a lo que éste pedía.

35.

—Buen señor —dijo Gawain—, ¿queréis transmitir mi mensaje al gran señor de este castillo pidiendo albergue?


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