Sir Gawain y el caballero verde
Sir Gawain y el caballero verde —Asà lo haré, ¡por San Pedro! —replicó el centinela—. Y seguro estoy de que os podréis alojar el tiempo que os plazca, señor caballero.
Desapareció a toda prisa, y regresó sin tardanza con criados para recibir al caballero. Bajaron el puente, salieron a su encuentro, e hincaron la rodilla en la frÃa tierra rindiéndole asà honrosa acogida. Le franquearon la gran puerta; y tras pedirles él que se levantasen, cruzó el puente montado a caballo. Varios criados le sujetaron la silla para que desmontase, y un nutrido grupo de hombres recios se hicieron cargo del caballo, conduciéndole a los establos, mientras bajaban nobles y caballeros, a fin de llevar al huésped a la gran sala. Cuando éste se quitó el yelmo, muchos acudieron presurosos a tomarlo de sus manos, y a servir a hombre tan esforzado, haciéndose también cargo de su espada y su pavés. Saludó él graciosamente a cada uno de ellos, y fueron numerosos los nobles arrogantes que se acercaron a este prÃncipe, a fin de testimoniarle respeto. Vestido con su armadura, fue conducido a la gran sala donde ardÃa un fuego de resplandecientes llamas. Entonces, abandonando su cámara el señor de aquellos dominios, bajó cortésmente al encuentro del caballero. Y dijo:
—Sed bienvenido a esta casa, y quedaos el tiempo que gustéis. Disponed de cuanto hay aquà como si fuese enteramente vuestro.