Sir Gawain y el caballero verde
Sir Gawain y el caballero verde Hubo muchas diversiones ese día, y el siguiente, y lo mismo el tercero; y era un placer oír el contento que reinaba en el día de San Juan, y último de las fiestas, según tenía previsto la gente, pues había invitados que debían partir con las primeras luces del alba. Así que celebraron una gran velada, bebieron vino, bailaron y cantaron canciones de Navidad. Finalmente, tarde ya, los que vivían lejos se despidieron y emprendieron el camino de regreso. Gawain quiso despedirse también; pero el buen anfitrión le hizo demorarse; y llevándole junto a la chimenea de su propia cámara, le retuvo allí, agradeciéndole con afecto el esplendor y alegría que su presencia le había traído, honrando su casa en tan alta ocasión, y dignándose adornarla con su favor.
—Tengo por seguro, señor, que mi suerte prosperará mientras viva, ahora que Gawain ha sido mi huésped en la festividad del propio Dios.
—Os doy las gracias, señor —dijo Gawain—. En buena fe, vuestro es todo el mérito… ¡quiera el Altísimo compensaros! A vuestro servicio me pongo, dispuesto a cumplir lo que a bien tengáis mandarme, ya que, para bien o para mal, estoy obligado a vos por derecho.
El señor pidió al caballero que demorase aún más su partida. Pero a eso Gawain replicó que de ningún modo podía acceder.