Tristan e Iseo
Tristan e Iseo El rey Marcos había olvidado su enojo. Un día que el senescal Dinas de Lidán había salido para un largo viaje encontró en un lejano bosque al enano felón que llevaba una vida errante y miserable. El buen senescal ignoraba cómo Frocín había perdido el favor del rey. Movido a compasión, lo condujo a palacio y Marcos lo perdonó y permitió que viviese junto a él.
Pero los barones felones no habían abandonado su rencor contra Tristán. Seguían espiando a los amantes y habían vuelto a sorprenderlos, desnudos, en el lecho real. Cuando el rey marchaba de cacería, Tristán le decía: «Señor, yo os seguiré». Pero permanecía en palacio y entraba en la habitación de la reina. Los traidores se juramentaron: o bien el rey exiliaba a su sobrino o bien ellos partirían a sus tierras, desde donde guerrearían contra el rey. Un día acudieron ante Marcos y le dijeron en privado:
—Señor, vuestro sobrino y la reina se aman. No queremos ser cómplices de la deshonra de nuestro rey. O bien expulsáis para siempre a vuestro sobrino de esta corte o bien nosotros dejaremos de serviros para combatiros.
Marcos los escuchaba en silencio. Suspiró y bajó la cabeza, perplejo, sin saber qué responder:
