Tristan e Iseo
Tristan e Iseo Corre por la ciudad el rumor de que Tristán y la reina han sido hallados juntos y de que el rey se dispone a darles muerte. Grandes y pequeños, hombres y mujeres, todos lloran y se lamentan.
—¡Ah! Tristán, ¡el mejor y más valiente caballero! ¡Esos glotones os han tomado a traición! ¡Vil enano! ¿Para eso sirven tus artes? ¡No vea a Dios cara a cara quien te encuentre y no traspase con su espada tu deforme cuerpo! Noble y digna reina, ¿en qué lugar podrá encontrarse hija de rey que te iguale en belleza? Tristán, ¿cómo podrÃamos consentir que tu cuerpo fuese condenado a perecer? Cuando llegó el Morholt dispuesto a llevarse a nuestros hijos ningún barón fue capaz de armarse contra él. ¡Sólo tú arriesgaste la vida!
Aumenta el tumulto y la irritación. Todos corren a palacio pidiendo clemencia sin, por ello, lograr apiadar al rey, rojo de furor y de ira.
Llega el alba. Cavan una fosa, traen sarmientos y los mezclan con espinas blancas y negras. Preparan la hoguera para los amantes. Los pregoneros recorren el paÃs e incitan a todos a acudir a la corte. Las gentes llegan presurosas. Todos hacen duelo salvo el enano y los felones. El rey anuncia que hará quemar a la reina y a su sobrino.
—Rey, ¡gran crimen cometerÃas si antes no los sometieras ajuicio! —exclaman las gentes.
