Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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—¡Por el Señor que creó el mundo y cuanto en él se halla! —responde el rey airado—. ¡Antes preferiría perder mi reino que aplazar este castigo!

Ordena encender el fuego y traer a su sobrino.

Tristán se despide de la reina que le dice llorando como desesperada:

—Amigo. ¡Qué ultraje veros así maniatado! ¡Mejor sería morir y veros a salvo, pues moriría segura de que os vengaríais!

Los guardianes lo sacan fuera a empellones. Lo llevan a gran escarnio. Tristán llora de vergüenza.

¡Escuchad, señores, cómo Dios, que no quiere la muerte del pecador, mostró su gran misericordia y escuchó las súplicas y lamentos que las gentes sencillas y humildes hacían en favor de los condenados!

Junto al camino que Tristán debía seguir había una capilla. Se alzaba en la cima de un acantilado dominando el mar por el norte. El coro se asentaba sobre una roca de granito escarpada. Un santo había hecho construir una ventana con vidriera en el ábside que daba sobre el precipicio. ¡Una ardilla que hubiera saltado desde esta roca no habría escapado a la muerte!

—Señores —dice Tristán a los guardianes que lo conducían—. Mi fin se acerca. Dejadme entrar en esta capilla. Quiero pedir a Dios clemencia, pues mucho he pecado. Sólo tiene una entrada y vosotros estáis armados: no podré escapar.


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