Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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Los guardianes deliberan y acceden. Desatan sus manos. Tristán entra en la capilla. ¡No rezó ni un ave maría! Atraviesa el coro, se acerca a la ventana, la abre y, sin perder tiempo, salta.

— ¡Prefiere esta caída a perecer en la hoguera delante de asamblea! Pero el viento se introduce entre sus ropas y amortigua su caída. Tristán se posa sano y salvo sobre un pico que aún hoy las gentes de Cornualla llaman el Salto de Tristán. Mientras sus guardianes lo esperan a la puerta de la capilla, él huye. Corre por la orilla hasta quedar sin aliento. Oye ya crujir los sarmientos y las espinas de la hoguera. ¡Gran merced le ha concedido Dios!

Ante su tardanza, los guardianes hunden la puerta y entran en la capilla. Corre la voz de que Tristán ha logrado escapar. Al saberlo la reina sonríe contenta. ¡Poco le importa ya la sangre que las cuerdas apretadas hacen brotar de sus puños! «Gracias a Dios —se dice—. Poco me importa ya vivir o morir». Por temor a que el rey lo haga perecer en lugar de su señor, Governal abandona la ciudad, llevando consigo las armas y el caballo de Tristán. A la vuelta del camino, Tristán lo descubre:

—Maestro. ¡Dios me ha ayudado! Mas ¿de qué me vale haber escapado de la capilla si perece la reina en la hoguera?


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