Tristan e Iseo
Tristan e Iseo —Amigo, no desesperes. Escondámonos tras estas zarzas espesas. Pronto podremos tener noticias de Iseo. Si dan muerte a la reina, jura que no montarás en silla hasta que la hayas vengado. Mira, he traÃdo tu espada, tu loriga y tu yelmo.
—Dámelos. Acudiré a salvar a la reina y haré pedazos a los que la llevan presa.
—No te precipites, hijo. Dios te dará mejor ocasión para vengarte sin correr ese riesgo. No está en tus manos hacerlo ahora. El rey, enfurecido, te ha puesto en bando y ahorcará a quienes intenten ayudarte. Todos antepondrán sus vidas a la tuya.
Tristán calla, abatido. Si no lo impidiese su maestro, ni el temor a las gentes de Lancien ni el miedo al suplicio, podrÃan impedir que corriese a salvar a su amiga.
Marcos ha pregonado un bando contra Tristán. Maldice a los guardianes que lo dejaron escapar. Lleno de desmesura quiere acallar su cólera haciendo perecer a la reina. Ordena que la traigan sin tardanza. Al verla tan bella y maniatada, las gentes se espantan y lamentan:
—Reina noble y honrada —dice—, ¡qué duelo han creado en el paÃs los felones que os han acusado! ¡No necesitarán grandes alforjas para guardar el provecho que obtendrán por este mal! ¡La maldición caiga sobre ellos!