Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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Cuando la reina es conducida a la hoguera, Dinas, señor de Lidán, que mucho apreciaba a Tristán, se postra ante los pies del rey:

—Señor —le dice—, escuchadme. Muchos años os he servido como vasallo generoso y fiel sin obtener ningún provecho: nadie en este reino, ni huérfano ni viuda, por pobre que fuera, daría una blanca bovesina por la senescalía a la que he consagrado mi vida. Señor, ahora os pido clemencia para la reina. Queréis condenarla a la hoguera, mas no es justo que perezca sin juicio quien no se ha reconocido culpable. Grandes males podrían sobrevenir a vuestro reino si persistís en vuestra intención: Tristán ha escapado. Es valiente y audaz. Nadie conoce como él los llanos, bosques y vados. Vos sois su tío y no levantará su espada contra vos. Pero atacará a vuestros barones y vuestros campos serán devastados. ¿Creéis que podrá dejar sin venganza la muerte de esta noble princesa que él trajo de Irlanda? Rey, en recompensa por los numerosos servicios que durante toda mi vida os he prestado, otorgadme la vida de la reina.

Los felones que habían maquinado la traición se acercan al rey y lo incitan a cumplir su venganza. Marcos toma de la mano a Dinas y jura por Santo Tomás que por nada del mundo renunciará a su justicia. El buen senescal se desespera: todos sus esfuerzos para impedir la destrucción de la reina son inútiles.


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