Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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—Rey —dice levantándose—. Regreso a Lidán. El Dios que creó a Adán es testigo de que, por todo el oro del mundo acumulado desde tiempos de Roma, no podría sufrir la vista del suplicio de la reina.

Sube a su corcel y se aleja, cabizbajo y con aire triste, hacia sus dominios.

Iseo camina hacia la hoguera rodeada de la muchedumbre que chilla, se lamenta y profiere gritos injuriosos contra los traidores. Las lágrimas corren por su rostro. Va vestida con un brial gris bordado con un fino hilo de oro. Sus cabellos caen hasta sus pies en trenzas doradas. ¿Quién viéndola tan bella no se compadecería?

Había en Lancien un malato llamado Iván. Acudió al juicio de la reina con sus cien compañeros. ¡Nunca nadie viera seres más deformes, contrahechos y repugnantes! Llevaban muletas, bastones y unas tablillas como corresponden a quienes padecen tan horripilante enfermedad. Al ver que la reina se aproximaba a la hoguera, se llegó hasta el rey y le gritó con su voz ronca.

—Señor, elegisteis la hoguera para hacer justicia de vuestra mujer: el suplicio es terrible mas de corta duración; pronto el fuego consumirá su cuerpo y el viento esparcirá sus cenizas. Si quisierais escucharme os propondría un castigo mucho más duro por el que la reina viviría una vida miserable y añoraría la hoguera todos los días.


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