Tristan e Iseo
Tristan e Iseo —Si asà es —respondió el rey—, y me enseñas un castigo más terrible que el fuego, serás recompensado.
—Rey —respondió el gafo—. Dadnos a Iseo. Dádnosla a los leprosos: será nuestra mujer común. Nunca dama tuvo peor fin. Bajo estos andrajos que se nos pegan a la piel, arde en nosotros el deseo insatisfecho, pues nunca mujer pudo soportar nuestro comercio. Con vos la reina vivÃa honrada y feliz, vestÃa ricas peñas veras y grises, se adornaba con joyas preciosas, descansaba en habitaciones de fino mármol, asistÃa a delicados festines y se divertÃa en fiestas. Si nos la entregáis compartirá nuestras sucias chozas, nuestras escudillas y nuestros jergones, se alimentará de los restos que nos tiran a las puertas. Entonces Iseo, la vÃbora, comprenderá la vileza de su conducta y lamentara no haber muerto en la hoguera.
Unos momentos permaneció el rey meditabundo. Luego se acercó a Iseo y la tomó de la mano.
—Señor, ¡piedad! —dijo la reina—. ¡Mejor quemadme que entregarme a esas gentes!
Marcos prestó oÃdos sordos a sus lamentos y la entregó a Iván. Los leprosos se arremolinaron a su alrededor profiriendo gritos de júbilo. Iván arrastró a la reina aproximándose a los matorrales tras los cuales se ocultaban Tristán y Governal.