Tristan e Iseo
Tristan e Iseo ¡Poco aprovechó el enano felón su traición! ¡Mal paga el enemigo a los que le sirven! ¡Señores!, ¡ved lo que poco tiempo después le ocurrió por mal servidor! Era el único en conocer el secreto del rey: por imprudencia lo reveló. Esta locura le costó la vida.
—Un día que había bebido se encontró con los barones, que preguntaron por qué el rey tenía un trato tan familiar con él y qué maquinaban juntos.
—El rey me estima porque siempre he sido fiel guardando su secreto —les respondió alocadamente.
—¿Qué secreto? —dijeron los felones.
—Ya sé que queréis conocerlo, pero no puedo traicionar mi promesa.
Tanto insistieron que al final el enano les dijo:
—Iremos al Vado Aventurero donde hay un espino blanco cuyas raíces llegan hasta un hoyo. Meteré la cabeza en el agujero y desde fuera podréis oír lo que diga. De este modo sabréis lo que el rey oculta sin que yo quebrante mi promesa.
Se dirigieron al lugar. El enano era bajito, pero tenía una gran cabezota: los felones tuvieron que ensanchar el agujero y empujarlo para que entrase hasta los hombros. Desde allí habló:
—¡Escuchad!, señores marqueses. ¡Escucha, espino blanco, a ti me dirijo que no a los barones! Marcos tiene orejas de caballo.
