Tristan e Iseo
Tristan e Iseo Un dÃa, en sus correrÃas por el bosque, descubrieron un claro agradable y solitario. Tristán cortó ramas con su espada, Governal reunió el ramaje y construyeron dos cabañas que Iseo cubrió con hierbas y juncos. Cuando venÃa la noche, los amantes dormÃan el uno en brazos del otro. A veces oÃan aullar a los lobos, otras la lluvia caÃa, en medio del rugido sobrecogedor del viento, de los relámpagos y de los truenos. No tenÃan tapices ni cojines ni ricas alfombras; dormÃan sobre esteras de juncos. Pero se amaban tanto que la presencia del uno hacÃa olvidar al otro el dolor. Su «fino amor» les hacÃa olvidar su dura condición de proscritos.
Tristán e Iseo cabalgaban por el bosque cuando descubrieron, en la lejanÃa, una ermita.
El azar les habÃa llevado hasta allÃ. Fray OgrÃn, el ermitaño, estaba a la puerta, apoyado en su bastón. Al instante reconoció a Tristán y le advirtió:
—Señor Tristán. ¿Conocéis el bando que el rey ha publicado por toda Cornualla? El que os entregue recibirá en recompensa cien marcos de plata. Todos los barones han jurado capturaros vivo o muerto. —Y añadió con dulzura—: Tristán, Dios perdona al pecador que se arrepiente si cree y se confiesa.
—Señor OgrÃn —replicó Tristán—. No entendéis la razón de nuestro amor: Iseo me ama de buena fe, a causa del filtro que bebimos en el mar. No puedo separarme de ella ni ella de mÃ. Es la verdad.