Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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—¿Qué consuelo puede darse a un muerto? —insiste el ermitaño—. Muerto es quien vive en pecado y no se arrepiente. Que Dios tenga compasión de vosotros porque habéis perdido este mundo y el otro.

—Señor, no puedo separarme de la reina. Antes preferiría mendigar y alimentarme de hierbas y raíces que ser señor del reino de Otrán[27] sin ella.

—Tristán, el que traiciona a su señor merece ser descuartizado por dos caballos, perecer en la hoguera y que allí donde caigan sus cenizas no crezca la hierba, la tierra se vuelva estéril y las plantas y los árboles se marchiten. Devolved la reina al que la tomó por esposa según la ley de Roma.

—Ya no le pertenece; la entregó a los leprosos; de ellos la conquisté. Ahora es mía y no puedo separarme de ella ni ella de mí.

El ermitaño los sermonea y exhorta al arrepentimiento. Les recuerda las profecías de las Escrituras y les reprocha su vida. Iseo llora a sus pies. Pálida y sofocada implora piedad:

—Señor, por el Dios que hizo el cielo. Si Tristán me ama y yo a él es por un brebaje que bebimos durante la travesía de Irlanda: ésta es nuestra única culpa. Por ello el rey nos persigue.

—¡Que Dios os conceda el arrepentimiento! —respondió el ermitaño.


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