Tristan e Iseo
Tristan e Iseo Pasaron la noche en la ermita y partieron al alba. El ermitaño los despidió tristemente y, desde ese día, el buen hombre multiplicó por ellos sus mortificaciones.
¡Señores!, ¡escuchad ahora una bella aventura! Tristán había criado un braco llamado Husdén. Nunca viose perro más vivo, ligero, rápido y fiel. Desde que su dueño se había marchado estaba triste. Lo habían dejado encerrado en el torreón, un trangallo entre las patas; allí gruñía, pataleaba, gemía y arañaba el suelo, mirando para todas partes. Rechazaba el pan y toda pitanza. Todos cuanto lo veían se compadecían de su aire lastimero: «Deberían soltarlo —decían—. Acabará volviéndose rabioso. Pocos perros mostrarían una afección semejante por su dueño. Con razón decía Salomón que el mejor amigo del hombre es su lebrel».
—Es la ausencia de su dueño lo que lo enfurece —decía el rey arrepentido de la dureza que había mostrado con su sobrino—. Tiene razón, pues no existe en nuestros días caballero en Cornualla que pueda compararse a Tristán.
Los felones recomendaron al rey que lo soltase:
—Así sabremos si este perro está rabioso o lamenta solamente la ausencia de su dueño —le dijeron.