Tristan e Iseo
Tristan e Iseo Al otro día salió el ermitaño muy de mañana. Fue al monte de San Miguel de Cornualla, donde había un rico mercado. Compró peñas veras y grises, telas de seda, pieles diversas, lana fina y lino blanco más brillante que flor de lis, un palafrén de suave andar enjaezado con arneses de oro reluciente. Ogrín regatea, compra fiado y al contado, mira y remira hasta conseguir un rico vestido para la reina.
Los pregoneros proclaman por todo el país que el rey se reconcilia con la reina y que el encuentro ocurrirá en el Vado Aventurero. Damas y caballeros se preparan para acudir gozosos al lugar señalado: todos amaban a la reina, salvo los felones que la acusaron. ¡Dios los castigue! ¡No tardarán en pagar sus malas artes! ¡Dios abatirá su fiero orgullo y vengará a los amantes!
Al tercer día, Marcos se dirigió al Vado con gran tropel de gentes. Alzaron ricas tiendas y lujosos pabellones en la pradera. Tristán cabalga con su amiga revestido con la loriga, oculta bajo el brial, por temor a una emboscada. Ve las tiendas, los pendones y estandartes y reconoce al rey Marcos. Dulcemente se dirige a Iseo:
—Amiga, mira al fondo al rey, tu esposo, con todos sus barones, que han salido a recibirte. Ya no podremos hablarnos mucho tiempo. Guarda a Husdén, cuídalo bien. Recuerda que si algo te pidiese, por el Dios de gloria, cumple mi voluntad.