Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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—Rey —dijo Tristán—. Os devuelvo a la noble Iseo. ¡Nunca hombre hizo restitución más valiosa! Señor, nunca fui juzgado. Me condenasteis sin juicio, dando oído a calumnias. Dejadme justificarme ante vuestros hombres aquí reunidos y probar con las armas, a pie o a caballo, que nunca amor culpable me unió a la reina. Si soy derrotado, hacedme quemar en azufre, pero si salgo victorioso permitidme vivir en vuestra corte o retornar a Leonís.

Un barón de Nicole, hombre sabio y mesurado, se acerca al rey e intercede por su sobrino:

—Rey, conservadlo en vuestra corte. Si lo retenéis a vuestro lado seréis mucho más temido y respetado.

El rey vacila y guarda silencio. Confía la reina a Dinas, que la recibe gozoso. Le hace los honores, bromea con ella y le ayuda a despojarse de su manto de escarlata. Su cuerpo aparece bajo su brial de seda blanca adornado con hilos de oro. ¡Si el ermitaño pudiera verla tan hermosa no se arrepentiría de lo que gastó y trajinó para comprárselo! Todos contemplan su rico vestido, su porte majestuoso, sus ojos verdes y sus cabellos rubios. El senescal charla alegremente con ella. ¡A poco revientan de rabia los felones al verla tan bella y honrada! Como venenosos reptiles se acercan al rey:


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