Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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—Señor —le dicen—, escuchad nuestro consejo. La reina fue acusada y huyó al bosque. Si ahora consentís que vuelva a la corte con Tristán todos pensarán que sois cómplice de su traición y seréis vilipendiado. Alejad a vuestro sobrino por un año: en ese tiempo podréis probar la lealtad de Iseo y volverlo a llamar.

El rey pensó que era consejo prudente y proclamó su decisión. Tristán se acerca a la reina para despedirse. Intercambian una larga mirada. Iseo enrojece, avergonzada ante tanta gente. Tristán se dispone a marchar. El rey se compadece: le pesa verlo alejarse tan desprovisto.

—¿Dónde irás con estos andrajos? —le dice—. ¿Qué rey podrá honrarte viendo tu indigencia? Toma de lo mío cuanto hubieras menester.

—Rey —responde Tristán—, no tomaré ni una blanca de vuestro haber. Iré gozoso, sin más compañía que Governal, a servir al poderoso rey de Galvoya que está en guerra.

El rey y gran parte de sus barones forman cortejo y lo acompañan camino del mar. Iseo lo sigue con la mirada, sin volver la cabeza hasta que desaparece del horizonte. Todos regresan, salvo Dinas, que, durante un tiempo, sigue cabalgando a su lado.

—Dinas —le dice Tristán—, saldré del país. Si un día te pido algo por medio de Governal, haz lo que te ordene.


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