Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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Dinas le asegura su amistad, ambos se prometen ayuda mutua. Luego se abrazan y se separan tristemente.

A la noticia del regreso de la reina a la ciudad, todos salieron a recibirla, entristecidos por el exilio de Tristán. Las campanas repicaron, las calles se engalanaron de guirnaldas y tapices de seda, el suelo se cubrió de alfombras para festejar la vuelta de Iseo. La comitiva se dirigió al monasterio de San Sansón. Obispos, clérigos y monjes, revestidos con albas y casullas, acuden a recibirla y la conducen de la mano hasta el altar. El generoso Dinas le entrega una rica tela con recamados de oro que bien valdría cien marcos de plata. Iseo la ofrece al monasterio: de ella se hizo una hermosa casulla que sólo se usaba en los días de fiesta. Todavía se guarda en San Sansón como dan fe los que la han visto. Cuando Iseo salió del monasterio, el rey, sus condes y duques la condujeron hasta el castillo. Grandes festejos se hicieron. No hubo puerta del palacio que permaneciera cerrada y se dio de comer a cuantos pobres quisieron acudir. El rey eligió a trescientos siervos a los que dio la libertad, entregó armas a veinte donceles y los armó caballeros. Nunca, desde el día de su boda, conoció Iseo honores semejantes a los de este día.



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