Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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15. La Blanca Landa

Catorce noches habían pasado: llegó el día de la justificación de la reina. Tristán, su amigo, no había permanecido inactivo. Vestido de burda lana, sin camisa, con sayal de bastos paños, capa deslucida y botas remendadas, todos lo tomarían por leproso. Sin embargo, bajo los ropajes andrajosos esconde la espada atada al costado. Al salir de su refugio Governal, su fiel ayo, le recomienda prudencia:

—Señor Tristán —le dice—, sed cauteloso. ¡Cuidad que la reina no os haga una señal que os delate!

—Maestro —le responde Tristán—. No olvidaré tus palabras. Mas está tú atento para seguir mis indicaciones. Tráeme mi lanza, mi escudo y ten presto mi caballo ensillado. Permanecerás emboscado cerca de la pasarela. Oculta mi caballo, blanco como flor de lis, no sea que alguien lo descubra y reconozca. Vendrá el rey Arturo con sus caballeros y Marcos con sus barones. Habrá torneo y yo participaré en él por amor a Iseo: por eso ata a mi lanza la manga que ella me dio.



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