Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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Tristán cogió su cuenco, su muleta y las tablillas de leproso y se puso en camino. Governal preparó su arnés y marchó hacia el lugar convenido. Al llegar al Mal Paso, Tristán se sienta sobre un montículo, junto a la ciénaga. Coloca ante sí el bordón que le cuelga del cuello, atado con una cuerda. A su alrededor se extienden los lodazales fangosos. Erguido no parece enfermo ni deforme: es fuerte y de gentil porte, pero tiene el rostro hinchado y tumefacto. La comitiva se acerca. Cuando alguien pasa delante de él, agita las tablillas, golpea el cuenco y grita:

—¡Ay de mí! ¡Nunca pensé verme reducido al oficio de pedir limosna! ¡Mas ahora no puedo hacer otra cosa!

Tanto insiste que todos echan manos de sus bolsas. ¡Con qué habilidad logra obtener limosna! ¡Uno que durante siete años hubiera sido truhán no sería tan avezado! ¡Incluso los correos de a pie y los garzones le dan algo de lo suyo! Unos le dan limosnas, otros golpes. El vil populacho lo empuja y lo trata de pícaro y holgazán. Pero Tristán los rechaza con su muleta, y ¡a más de quince hace sangrar! Los jóvenes nobles y bien nacidos le dan un ferlín o una blanca esterlina. Él los recoge y promete beber a su salud, pues tiene en su cuerpo un fuego que no logra apagar. Unos ríen, otros se compadecen: nadie sospecharía que no fuera leproso.


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