Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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Llega el rey Arturo con su séquito. Los de la Tabla Redonda vienen con sus escudos nuevos, sus caballos bien cuidados, las armas con bellos emblemas y las corazas relucientes. Hacen unas justas delante del Mal Paso. Inspeccionan el terreno por temor a hundirse en el fango. Tristán reconoce al rey y le llama:

—Rey Arturo, soy un pobre gafo enfermo, jorobado, contrahecho y extenuado. Soy hijo de un hombre pobre que nunca poseyó tierras. Vine aquí para pedir limosna: no puedes negarme tu ayuda, pues mucho bien oí de ti. Tú vistes buen paño gris de Ratisbona y camisa de seda de Reims, tu cuerpo es blanco y robusto, calzas polainas de fina lana. Mientras que otros van calientes, mi cuerpo, convulsionado por los picores, tirita. ¡Por el amor de Dios, dame tus polainas!

El rey se compadece. Dos jóvenes lo descalzan y entregan sus polainas al leproso que las recoge y vuelve a sentarse sobre su montículo, sin dejar de pedir a cuantos pasan: ¡buenos ropajes obtuvo ese día!

El rey Marcos, con porte fiero y altanero, se aproxima al charco. El leproso lo aborda, haciendo sonar las tablillas y gritando con voz ronca:

—Rey Marcos, ¡tened compasión de este pobre leproso! El rey se despoja de su capucha y se la ofrece.

—Toma, hermano —le dice—, póntela sobre la cabeza. Con ella evitarás las inclemencias del tiempo.


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