Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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—¡Espolead fuerte los caballos! —les grita el enfermo desde su montículo—. ¡Un esfuerzo más y basta! ¡Y, por el santo Apóstol, dadme una limosna!

Pero los caballos se hunden cada vez más y sus jinetes hacen esfuerzos desesperados para escapar. ¡Escuchad al gafo cómo los engaña!

—Señores, sujetaos bien sobre los arzones. ¡Mal haya de este fango! ¡Despojaos de los mantos y nadad: otros han escapado así!

Por fin llega la bella Iseo. Ve a sus enemigos enlodados y a Tristán sentado sobre el montículo y sonríe contenta. Descabalga y se dirige a pie al borde de la ciénaga. Del otro lado la esperan los reyes y los barones que observan cómo los felones enfangados gesticulan y se hunden en el barro. El malato los hostiga sin cesar:

—Señores, ha llegado la reina que viene a demostrar su inocencia. ¡No faltéis al juicio! Luego se dirige a Denoalen:

—¡Agárrate a mi bastón con las dos manos! ¡Yo te sacaré de aquí!

Alarga su cachava que el barón agarra como desesperado. Tristán da un fuerte tirón y suelta la cachava: el felón cae de espalda sumergiéndose en el lodo.


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