Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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—No he podido evitarlo —le grita el leproso—. Las articulaciones no me responden. Tengo las manos entumecidas por el mal de Acre, los pies hinchados de la gota y los brazos secos como corteza de árbol. Desde que atrapé la enfermedad he perdido la fuerza.

Dinas acompaña a la reina. Hace un guiño a Tristán, al que ha reconocido bajo su disfraz. ¡Mucho se divierte al ver la mala pasada que ha jugado a los felones! Tras grandes esfuerzos logran salir de la ciénaga, cubiertos de lodo hasta la cabeza. Del otro lado del paso, Dinas comenta en voz alta a la reina.

—Señora, lástima sería que ensuciaseis vuestros vestidos en este fango.

Iseo sonríe al ver que Dinas comprende su astucia. Dinas se aleja y cruza por un vado, junto a un espino blanco. La reina se acerca al palafrén, le ata las franjas de la gualdrapa por encuna de los arzones, coloca las riendas bajo la silla, le quita el pretal y el freno: ningún escudero o palafrenero lo haría mejor para protegerlo del barro. Llega hasta el vado, da un golpe de fusta al palafrén y el animal pasa al otro lado. Los dos reyes y todos sus barones la contemplan admirados. Iseo vestía brial de seda venida de Bagdad, forrado de blanco armiño, y pellizón gris con larga cola. Sus cabellos caían sobre sus hombros trenzados con hilos de oro. Su piel es blanca, fresca y sonrosada. Se adelanta hacia Tristán.


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