Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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—Malato —dice—, te necesito.

—Reina noble y digna. ¿Qué puedes querer de mí? Pero estoy a tus órdenes.

—No quiero enlodar mis vestidos: tú me servirás de asno para llevarme al otro lado.

—¡Ay!, noble reina. ¿Cómo me pides tal cosa? ¿No ves que soy malato, jorobado y contrahecho?

—¡Ven acá, tunante! ¿Crees que me vas a contagiar tu mal? No te preocupes, no ocurrirá.

—¡Sea lo que Dios Quiera!

— ¡Venga! Estás fuerte. Vuélvete e inclina la cabeza: montaré a caballo sobre ti.

El enfermo se vuelve con una sonrisa maliciosa. La reina monta a caballo sobre su espalda y aprieta sus piernas contra sus costados. El malato avanza despacio, por momentos hace como si fuese a caer y aparenta un gran sufrimiento. Del otro lado de la ciénaga, reyes y barones la miran extrañados y acuden en su ayuda. Ora tropiezo, ora me inclino, el malato alcanza la otra orilla. Antes de retirarse pide a la reina que le dé para su sustento.

—Dadle algo, reina —dice Arturo—, que bien se lo ha merecido.


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