Tristan e Iseo
Tristan e Iseo —¡Fe que os debo! —responde la bella Iseo—, ¡este truhán es fuerte y bastante ha recaudado por hoy: no podrá comer en una semana todo lo que tiene! He sentido bajo su capa su zurrón lleno de panes y de carne. Vendiendo vuestras polainas podrá obtener cinco sueldos esterlinos y con el capuchón de mi señor podrá comprar un lecho o borrego para hacerse pastor o un asno para pasar a los que quiera atravesar la ciénaga. Es un holgazán que bastantes limosnas ha recibido hoy. No seré yo quien le dé ni un ferlÃn ni una malla.
RÃen los dos reyes. Ayudan a subir a su palafrén a la reina y se alejan conversando alegremente.
Entretanto Tristán abandona la ciénaga y vuelve a reunirse con Governal que lo espera con dos caballos de Castilla, con sillas y frenos, dos lanzas y dos escudos. Ambos pusieron buen cuidado en no ser descubiertos. Governal lleva cofia de seda blanca que no le deja ver sino los ojos. Tristán cabalga sobre Bello Jugador, el rostro oculto tras un velo negro, la loriga, la silla y el escudo cubiertos por una sarga del mismo color. En la punta de la lanza lleva la enseña de su amiga. Atraviesan un verde prado, entre dos valles, y surgen al galope en la Blanca Landa.
—Ves a esos dos caballeros —pregunta Galván, el sobrino de Arturo, a Girflet—. No los conozco. ¿Sabes tú quiénes son?